El 1 de junio, poco después de las 14:00 horas (hora local de los Estados Unidos), falleció Maureen Digan, quien fue curada milagrosamente ante la tumba de Santa Faustina en Cracovia-Łagiewniki y posteriormente estuvo vinculada al Santuario Nacional de la Divina Misericordia en Stockbridge. El milagro de su curación fue tenido en cuenta durante el proceso de beatificación de Sor Faustina. Así describía ella misma ese milagro:
«A los 15 años me enfermé de lymphedema. Entre 15 y 20 años tuve 50 operaciones y tratamientos. Durante 10 años volvía continuamente al hospital, donde me hospitalizaban de una semana a 12 meses. Con 19 años me operaron de la columna vertebral y estuve paralizada durante dos años desde las caderas para abajo. A los 20 años tuve la primera amputación, pero como la enfermedad en el resto de la pierna se hizo muy grave, me la amputaron hasta la cadera.
Mi marido Bob, persona de gran fe y oración, sintió que debía llevar a su familia, a mí y a nuestro hijo enfermo, a Polonia. Con este propósito fue a Eden Hill de Stockbridge [atualmente el santuario nacional de la Divina Misericordia de los Estados Unidos] y habló con el padre Serafín Michalenko, pidiendo que nos acompañara en el viaje a Polonia. El padre Serafín que se dedicaba a los asuntos de Sor Faustina en Estados Unidos, recibió el consentimiento de sus superiores y salimos hacia Cracovia.
El 28 de marzo de 1981 me confesé en Cracovia. Fue, tal vez, la primera buena confesión desde hacía muchos, muchos años. Me sentí más cerca del Señor Jesús y de Sor Faustina, pero todavía no del todo. Aquella misma tarde del 28 de marzo, orábamos junto a la tumba de Sor Faustina, pidiendo especialmente la curación. Permaneciendo todo el tiempo en esa disposición de desconfianza, le dije a Sor Faustina: Está bien, Sor Faustina, haz algo con esto. Y de repente el dolor desapareció y la tumefacción remitió. Como no creía en milagros, pensé que era el efecto del desarreglo de los nervios. Rellené el zapato con una servilleta para que nadie notara que la pierna no estaba hinchada. Al mismo tiempo dejé de tomar medicamentos. Desde aquel momento mi enfermedad remitió totalmente. Visité a cuatro médicos diferentes que me dijeron que la enfermedad era incurable, sin reemisiones y no había medicamento para tratarla».
Encomendemos en nuestras oraciones a la difunta Maureen y a su esposo Bob, que llora su pérdida.












